El mirador olía a piedra y a noche sin terminar de irse.
Sael estaba sentado en el borde del muro con los codos en las rodillas y los ojos en el bosque que se aclaraba despacio. Sin el cuaderno. Sin nada en las manos.
Sael sin el cuaderno era Sael sin el escudo que nunca reconocía que tenía.
Me senté a su lado.
No pregunté para qué me había llamado aquí. Esperé.
—¿Recuerdas lo que dijiste en el mirador? —preguntó. Sin preámbulo.
—¿Cuándo?
—Hace tres semanas. La noche que no dormiste.
Lo recorda