La cocina olía a café y a la nada específica de un espacio que por primera vez en semanas no tenía nada urgente que resolver.
Los cuatro en la mesa.
Sin documentos. Sin mapas de estrategia. Sin el expediente del Consejo extendido sobre la superficie con pestañas de colores y notas al margen.
Solo las tazas, la cafetera que Sael había encendido sin anunciar que lo hacía, y el silencio diferente del que no tiene urgencia debajo.
Nadie habló durante los primeros diez minutos.
No fue incómodo.
Fue