Los documentos que la Voz Primera había requerido firmar eran dieciséis folios.
Yo habría terminado con ellos en cuarenta minutos si hubiera estado sola.
Con Luciano al otro lado del escritorio, la tarea tomó tres horas.
No porque el trabajo fuera más complicado. Sino porque cada vez que él señalaba una cláusula con el dedo y lo dejaba sobre el papel un segundo más de lo estrictamente necesario para indicar la línea, la parte de mi cerebro que procesaba el lenguaje legal tardaba el doble en hac