Dante me buscó después del desayuno.
No en los establos esta vez. En la biblioteca, donde yo estaba revisando las notas que había tomado del diario de Ezequiel la noche anterior, con la intención de encontrar alguna referencia al proceso de estabilización que Sael había mencionado vagamente y que nadie me había descrito con suficiente detalle para que me resultara útil.
Entró sin llamar, lo cual era su estilo. Llevaba el cuaderno de piel gastada bajo el brazo.
—Segunda sesión —dijo.
—¿Quién lo