El camino hacia los establos lo había tomado por costumbre, no por plan.
Había dejado un libro en el cuarto de aperos tres días atrás —uno de los de historia regional del estante de Luciano, que había llevado para leer mientras los caballos comían y que olvidé cuando Sael apareció por el arco del fondo y la tarde se convirtió en otra cosa. El libro seguía ahí. Tenía motivo concreto para ir.
Eso me dije.
El motivo concreto no explicaba por qué había tardado tres días en ir a buscarlo.
La mañana