Me dormí con ropa.
No por descuido: porque el cansancio de los últimos días —la reunión con Marcos, la biblioteca con los registros de Isabela, Teo Aldave en la cafetería— había llegado a ese punto de densidad donde el cuerpo deja de pedir permiso y simplemente apaga todo.
El sueño llegó antes de que pudiera preparar ningún tipo de defensa.
No empezó con Sael.
Empezó con oscuridad y temperatura. No el calor expansivo del vínculo establecido —el que reconocía como la frecuencia de Sael incluso c