La carta a Sael fue la más corta.
No porque hubiera menos que decir: sino porque con Sael las palabras siempre habían sido el idioma secundario.
Lo que teníamos era vínculo antes de nombre, temperatura antes de contacto, una sintonía que existía antes de que ninguno de los dos decidiera que existía. Las palabras eran útiles pero nunca habían sido el centro.
Así que la carta fue once oraciones. Sin saludo formal porque empezar con su nombre y una coma se sentía insuficiente y no tenía otro forma