Lo vi antes de que él me viera a mí.
Eso era lo que importaba.
Estaba en la cafetería del barrio donde Ámbar me había citado la primera vez, en la mesa de la esquina, con un café que no había tocado y el periódico doblado sobre la silla vacía de enfrente. La postura de alguien que espera sin querer que parezca que espera.
Lo reconocí por la temperatura.
No por la cara —no lo había visto con claridad en el perímetro de la hacienda. Por la temperatura emocional que captaba involuntariamente cuand