El cielo amaneció teñido de un rojo intenso, como si la naturaleza misma presagiara la sangre que pronto se derramaría. Lilith observaba desde lo alto de una colina el valle que separaba los territorios, ahora convertido en tierra de nadie. A su espalda, más de doscientos guerreros aguardaban en silencio, con los músculos tensos y la mirada fija en el horizonte donde comenzaban a distinguirse las siluetas del enemigo.
—Están aquí —murmuró, sintiendo cómo el viento traía consigo el olor inconfun