La habitación olía a hierbas medicinales y sangre seca. Lilith cambió los vendajes de Damián con manos firmes pero gentiles, observando cómo su pecho subía y bajaba con cada respiración trabajosa. Tres días habían pasado desde el ataque, y aunque los hombres lobo sanaban más rápido que los humanos, las heridas infligidas por otro Alfa eran diferentes. Más profundas. Más lentas en sanar.
—Deberías descansar —murmuró él, con voz ronca.
—Lo haré cuando estés mejor —respondió ella, aplicando un ung