La luz del amanecer se filtraba por las cortinas de la habitación, dibujando patrones dorados sobre la piel desnuda de Lilith. Damián la observaba dormir, fascinado por cómo su pecho subía y bajaba con cada respiración tranquila. La marca en su cuello, aquella que los unía como compañeros destinados, parecía brillar con luz propia bajo los primeros rayos del sol. Extendió su mano para acariciar suavemente el contorno de su rostro, maravillándose de cómo habían cambiado las cosas entre ellos. De