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El amanecer llegó con un silencio inquietante. Desde la colina más alta del territorio, Damián observaba cómo los primeros rayos del sol teñían de naranja el horizonte. Su silueta, recortada contra el cielo, parecía la de un centinela eterno. Sus hombros, anchos y tensos, cargaban el peso de las decisiones que había tomado durante la noche.

Lilith lo encontró así, inmóvil como una estatua tallada en piedra. Se acercó sin hacer ruido, pero él percibió su aroma antes de que llegara a su lado.

—De
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