STEFANO HARRISON
Presiono las manos en el volante y me concentro en ver la carretera.
Me estiro el cuello de la camisa intentando tranquilizarme. No lo consigo.
No puedo dejar de pensar en sus labios cubiertos de helado de vainilla, hinchados y rosáceos. ¡Jesús!, los imaginé untados de otra cosa. Un maldito enfermo.
Pero como no pensarlo si ya fue Mía, consumí su cuerpo, me sacie hasta quedar complacido.
Menuda mierda Stefano Harrison. En qué jodida mierda te metiste.
No me pude contener