Una noche, mientras el bebé dormía plácidamente, Sebastián y Isabella se sentaron en la terraza con una manta sobre los hombros. Las luces de la ciudad brillaban a lo lejos, pero la casa estaba en silencio. La luna reflejaba su luz en los árboles, creando sombras suaves y tranquilas.
—¿Recuerdas cuando pensábamos que nunca podríamos tener algo así? —preguntó Sebastián, sosteniendo la mano de Isabella.
Ella asintió, apoyando la cabeza en su hombro.
—Sí —dijo—. Todo lo que temíamos, todo el miedo… parece tan lejano ahora.
—Y lo es —dijo él—. Porque construimos algo que nadie puede tocar. Nuestra paz, nuestra familia, nuestro amor… eso es nuestro.
Se abrazaron en silencio, dejando que el momento los llenara por completo. No necesitaban palabras. Cada respiración, cada roce, cada latido era suficiente para expresar todo lo que sentían. La vida, por primera vez, parecía no tener grietas.
Isabella pensó en todo lo que habían vivido: la pérdida de Eva, las traiciones, las noches de miedo, la