Una noche, mientras el bebé dormía plácidamente, Sebastián y Isabella se sentaron en la terraza con una manta sobre los hombros. Las luces de la ciudad brillaban a lo lejos, pero la casa estaba en silencio. La luna reflejaba su luz en los árboles, creando sombras suaves y tranquilas.
—¿Recuerdas cuando pensábamos que nunca podríamos tener algo así? —preguntó Sebastián, sosteniendo la mano de Isabella.
Ella asintió, apoyando la cabeza en su hombro.
—Sí —dijo—. Todo lo que temíamos, todo el miedo