El sol se filtraba a través de las cortinas ligeras, dibujando líneas cálidas sobre el suelo de madera de la habitación. Isabella abrió los ojos con lentitud, permitiéndose un momento para saborear la calma que la rodeaba. Por primera vez en mucho tiempo, no había sobresaltos que la hicieran contener la respiración al despertar. Solo el murmullo del viento entre los árboles y la luz suave que bañaba el cuarto.
Se incorporó despacio, apoyando una mano sobre su vientre, todavía redondeado y firme con el embarazo de cinco meses. Sintió un pequeño movimiento, un golpecito suave que hizo que una sonrisa se dibujara en su rostro.
—Buenos días, pequeño —susurró—. Mamá está aquí, todo está bien.
El bebé agitó los brazos con lo que parecía entusiasmo, y ella rió, una risa clara y sin reservas que resonó en la habitación silenciosa. A su lado, Sebastián todavía dormía, tumbado de espaldas, una mano descansando cerca de la suya sobre la sábana. Isabella lo miró en silencio, admirando la calma en