A la entrada del hangar, dos hombres corpulentos les hicieron un gesto sin palabras. Martín los conocía; Clara no. Los arreglos ya estaban en marcha. Un mechero encendió la oscuridad por un instante cuando uno de los hombres le ofreció un cigarrillo a Martín, quien lo aceptó por inercia, no por gusto.
Dentro, un avión privado esperaba con la puerta abierta, y junto a él, sobre una mesa metálica, había carpetas, un maletín y una pantalla portátil. La escena parecía sacada de un film: fría, calcu