El humo del cigarro se elevaba en espirales lentas, disipándose apenas en el aire cargado del despacho de Omar Millán. La lámpara de cristal que pendía del techo iluminaba con un resplandor amarillento los muebles de caoba, el suelo de mármol y la imponente figura del jefe del clan Millán. Sentado en su butaca de cuero, con el rostro endurecido por los años y la sangre que pesaba sobre su nombre, Omar escuchaba en silencio.
Frente a él, de pie como una sombra recortada contra la luz tenue, esta