Las primeras luces del amanecer se colaron por la ventana del escondite donde Isabella y Sebastián se habían refugiado. El cansancio acumulado en sus cuerpos era apenas un susurro frente al peso de sus pensamientos. Isabella, sentada en el suelo junto a la cama, sostuvo una foto arrugada en sus manos: una imagen de Eva sonriendo, con sus mejillas sonrojadas y ojos llenos de vida. Era el recuerdo más puro y a la vez más doloroso.
Sebastián, observándola, dijo con voz suave:
—Cada día que pasa, es