De vuelta en el refugio improvisado, Isabella y Sebastián comenzaron a fortalecer sus defensas. Las noches sin dormir, la paranoia creciente y la necesidad constante de moverse habían marcado sus cuerpos, pero no su voluntad.
Isabella se miró en un espejo agrietado, viendo la sombra de una mujer que había cambiado para siempre. Su mirada era dura, pero también había una chispa de esperanza. Por Eva, no podía permitirse perder.
—Sebastián —dijo—. No podemos esperar a que ellos actúen primero. De