La mansión Millán, símbolo del poder que había construido Omar durante décadas, empezó a transformarse en un centro de operaciones clandestino. En los sótanos, bajo el brillo de luces frías, los hombres más leales del clan se reunían en torno a mapas, planos y monitores que mostraban cada movimiento en la ciudad.
Omar Millán, siempre imponente, caminaba entre ellos, impartiendo órdenes con voz firme y autoritaria.
—No dejaremos que esa mujer, Isabella, siga desafiándonos. Cada rincón de la ciuda