La noche se cernía sobre la mansión Millán como un velo pesado. Las farolas del largo camino de entrada proyectaban una luz ámbar sobre el asfalto recién regado, y los muros perimetrales, coronados con cámaras y alambre de cuchillas, parecían aún más imponentes bajo la oscuridad. Desde lejos, la propiedad podía pasar por un paraíso privado, pero por dentro, cada rincón exudaba control, vigilancia y una opulencia que tenía tanto de ostentosa como de amenazante.
Bella Millán estaba en el ala oest