El silencio de la sala de reuniones en la mansión Millán era sofocante. Las paredes altas, decoradas con mármol y oro, parecían comprimir el aire con un peso invisible. Omar Millán se encontraba sentado en la cabecera de una mesa rectangular de madera oscura, sus dedos golpeando rítmicamente el brazo de la silla de cuero. Frente a él, con la cabeza baja y los brazos cruzados detrás de la espalda, estaba “El Fantasma”, el hombre que en los círculos más oscuros del crimen era considerado un mito.