Omar Millán encendió un puro, aunque las manos le temblaban. No podía permitirse mostrarlo. El patriarca del clan no conocía otra palabra que no fuera control.
—Quiero a esa mujer muerta. —Su voz retumbó en la sala de juntas, helada, sin un ápice de duda.
Los sicarios que lo rodeaban apenas asintieron.
Uno de ellos, un hombre con una cicatriz en el cuello, dio un paso al frente.
—Señor, hemos recibido información de que Isabella se esconde en la zona del puerto.
Omar apretó los dientes.
—Entonce