De vuelta en el apartamento, Isabella y Sebastián trabajaban en silencio frente a un tablero improvisado. Habían colocado fotos, mapas, nombres, todo lo que tenían sobre los Millán.
Sebastián señalaba con un marcador rojo.
—Oscar es el punto débil. Siempre fue el que presionó a Carlos y Bella, pero también el más impulsivo. Si lo exponemos primero, los demás empezarán a tambalearse.
Isabella lo observó con atención.
—Quiero que sufra. Quiero que sepa que lo vi venir. Que fue él quien encendió la mecha.
Sebastián asintió.
—Lo hará. Pero recuerda, Isa: el dolor de ellos no puede costarnos la vida. Tenemos que usar la inteligencia.
Ella guardó silencio un momento. Luego, suavemente, tomó la mano de Sebastián.
—Gracias. Por estar aquí. Por no dejarme caer en el abismo sola.
Él la miró con intensidad.
—Yo también te necesito, Isa. Esto ya no es solo tu guerra. Es nuestra.
Sus labios se encontraron otra vez, esta vez más lentos, más profundos. No era un beso de pasión desbordada, sino de co