Asha caminaba sin rumbo, arrastrando los pies sobre la acera mojada, con los tacones en la mano y el alma hecha jirones.
La ciudad parecía no tener fin, y el cielo, cómplice de su dolor, lloraba con ella. La lluvia le empapaba el cabello, el vestido, los pensamientos. Pero ella no se protegía.
No buscaba refugio. No podía. No quería.
Volver era impensable. ¿A qué? ¿A quién? ¿Para qué?
Cada paso que daba era un grito mudo, una súplica al universo para que detuviera ese castigo sin nombre. Su cora