Veinte años después
—¡No puedes casarte con él! —la voz de Federico Durance retumbó como un trueno dentro de los antiguos muros de la mansión, haciendo eco en cada rincón cargado de historia y orgullo.
Asha se puso de pie de inmediato, como si un rayo le hubiera atravesado el pecho.
Su respiración era errática, sus ojos, inyectados de rabia, brillaban por las lágrimas que aún se resistían a caer.
—¡Papá, yo lo amo! —gritó con la voz rota, como si al pronunciar esas palabras le arrancaran algo de