Quince días después, Sebastián volvió a casa.
El viaje se le había hecho eterno, aunque no precisamente por nostalgia o ganas de volver. Al cruzar la puerta principal, lo primero que lo sacudió fue un sonido inesperado: el llanto nítido de un bebé.
El ruido lo desarmó.
Por un instante, se quedó helado, con las maletas a medio soltar, mirándose las manos como si no entendiera por qué le temblaban.
Luego, las dejó caer al suelo con un golpe seco y se lanzó al interior de la casa.
Sus pasos reson