—¡Tú! —bramó, poniéndose de pie como si cada fibra de su cuerpo ardiera en llamas—. ¡Tú mataste a mi abuela! ¡Tú deberías estar muerta, no ella!
Antes de que pudiera reaccionar, Federico la miraba con rabia, con frustración, como si fuese la culpable de todos los males que atormentaban su alma rota.
Ellyn apenas pudo gemir, sus dedos arañaban los brazos de él, buscando zafarse. El aire comenzaba a faltarle y las lágrimas corrían por sus mejillas en silencio.
Pero entonces, una de esas lágrimas,