Al día siguiente, el cielo amaneció gris, como si la tristeza se hubiera extendido por el mundo.
Las flores se marchitaban en las jardineras del cementerio, los pájaros parecían haber guardado silencio, y el aire se volvía más espeso con cada suspiro contenido.
El abuelo no paraba de llorar, su rostro ya con arrugas parecía haber envejecido aún más de un día para otro.
El funeral fue un susurro de lamentos y miradas bajas, una despedida silenciosa que calaba profundo en el alma de quienes alguna