El corazón de Melissa dio un vuelco, apenas lo vio. Estaba ahí, arrodillado aún, con los ojos enrojecidos y los labios temblorosos.
Pero ella ya no lo miraba con amor. Ya no lo veía como el hombre que la había hecho soñar con una familia. Lo miraba como lo que era ahora: un desconocido, un traidor.
Sintió cómo una ola de rabia le subía desde el estómago, como una descarga eléctrica que recorría todo su cuerpo. Se apartó bruscamente.
—¡Suéltame, Sebastián! —gritó con una mezcla de furia y desespe