Cuando Sebastián abrió los ojos, la luz grisácea del amanecer se filtraba por una rendija de las cortinas.
Sintió un calor extraño a su lado y, por un segundo, creyó que todo había sido una pesadilla.
Se aferró al deseo desesperado de que esa noche no hubiera pasado, que Melissa y su hija estuvieran a salvo, que todo volviera a la normalidad.
Pero el peso del cuerpo femenino sobre su pecho lo devolvió a la realidad.
Parpadeó confundido, aún borracho, y giró la cabeza. La mujer dormía profundamen