Mientras tanto, en otra habitación del hospital, Samantha se recuperaba rodeada de un silencio espeso y opresivo.
El reloj en la pared parecía moverse más lento, como si el tiempo se hubiera detenido a propósito para hacerla sufrir.
Sus dedos temblaban ligeramente sobre las sábanas, sus ojos clavados en la puerta con una mezcla de ansiedad y temor.
Cuando finalmente se abrió, su cuerpo se tensó.
—¿Y bien? —preguntó con voz temblorosa en cuanto la enfermera cerró la puerta detrás de sí.
La mujer,