—¡¿Qué has dicho?! —gritó la abuela Tina, con la voz quebrada.
Se levantó de golpe del banco del jardín, llevando una mano temblorosa al pecho.
Un dolor agudo le atravesó el alma. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no eran solo de tristeza, eran de decepción, de angustia.
El amor que sentía por su nieto se rompía lentamente frente a sus ojos.
Federico intentó acercarse para sostenerla, pero ella lo empujó con una fuerza que no parecía tener.
—¡¿Cómo pudiste, Federico?! ¿Dónde está Ellyn? ¡¿Q