Al día siguiente, el sonido del mar despertó a Melissa antes que la luz del sol.
Rodrigo aún dormía a su lado, con el rostro sereno, y ella lo contempló un instante, agradeciendo en silencio el amor que ahora llenaba su vida.
Más tarde, caminaron por la orilla, descalzos, riendo como adolescentes, dejando que el agua les mojara los tobillos.
El viento revolvía los cabellos de Melissa, pero a Rodrigo le encantaba verla así, con el vestido suelto ondeando, el rostro enrojecido por el sol y la mira