—¡He sido descubierta! —susurró Aranza, con el corazón tambaleando dentro del pecho—. No… no puede ser. ¡No puede ser!
Su voz era apenas un eco quebrado, un murmullo lleno de terror. Pero en el fondo, por más que quisiera negarlo, lo supo. Estaba acabada.
El juego que había mantenido por años, manipulando vidas, arrancando identidades, destruyendo la verdad… había terminado. Ya no tenía a dónde huir, ni excusas, ni poder.
—¿Abuelo? —la voz de Federico la atravesó como un cuchillo—. No entiendo…