Melissa llegó a la mansión como un torbellino de angustia, con el corazón palpitando de ansiedad.
Apenas cruzó el umbral, sus ojos buscaron con desesperación al hombre que tanto amaba y respetaba. Al encontrarlo allí, en el salón principal, sentado con los hombros encorvados y el rostro escondido entre las manos, no dudó un segundo en correr hacia él.
—¡Abuelo! —gritó, lanzándose a sus brazos con un nudo en la garganta—. ¿Qué pasa? Pensé que algo malo había sucedido…
Markus levantó la mirada con