—¡Nadie va a hacerte daño, Ellyn! Yo voy a protegerte... te lo debo.
La voz grave, cargada de promesa y desesperación, resonó como un escudo invisible entre ella y el horror que había dejado atrás.
Ellyn lo miró, desorientada, el corazón golpeando con fuerza en su pecho, sin entender del todo quién era aquel hombre, ni por qué le hablaba con esa entrega feroz, como si su vida dependiera de ella.
Pero sus ojos… sus ojos hablaban un idioma que ella conocía. Dolor. Culpa. Lealtad.
—¿Quién eres tú?