Ellyn subió al auto con paso vacilante, sus piernas temblaban como si estuviera caminando sobre cristales.
Apenas cruzó la puerta, el hombre que la había rescatado la ayudó a acomodarse en el asiento trasero, mientras el chofer cerraba la puerta con una discreción casi fantasmal.
El interior del coche era cálido, acogedor, un contraste brutal con el caos que acababan de dejar atrás.
La tensión se le empezó a deshacer en el pecho como un nudo demasiado apretado. El hombre se sentó a su lado, sin