—¡No, Ellyn! ¿Dónde está?
La desesperación en su voz fue un eco que desgarró el silencio de la madrugada.
Federico corrió hacia el auto, el corazón desbocado, como si intentara alcanzarla antes de que el destino se la llevara.
Detrás de él, el abuelo, con pasos más torpes, lo siguió a pesar del dolor que le pesaba en los huesos y el alma.
—¡Espera, muchacho! ¡No vayas solo!
Logró alcanzarlo justo antes de que el auto arrancara, y juntos subieron, con un chofer al volante, siguiendo a la patrulla