Melissa se levantó de golpe, el corazón, palpitándole con rabia y decepción.
Dio unos pasos rápidos y se paró frente a él, mirándolo directo a los ojos, como si pudiera atravesar con la mirada todo ese escudo de indiferencia que él intentaba mantener.
—¡Sebastián! —exclamó con voz quebrada, aunque firme.
Él se detuvo. Giró lentamente hacia ella, con el ceño fruncido y el orgullo hecho trizas, como un hombre que ya no sabe cómo sostener su máscara.
—¿Qué? —gruñó, con cansancio en la voz.
—¿Cómo t