Federico abrazó con fuerza a su hermana, como si su abrazo pudiera protegerla de todo el dolor que la consumía por dentro.
—¡Eso no va a pasar, Melissa! —dijo con firmeza, su voz quebrándose por momentos—. ¡No puede quitarte al bebé, no vamos a dejar que lo haga! Conseguiré al mejor abogado, al más despiadado si hace falta. Te lo prometo.
Melissa asintió lentamente, recostando su rostro en el hombro de su hermano.
Pero, aunque sus labios se movían en señal de aceptación, su alma seguía en guerra