Los pasos de los policías resonaban como martillazos en los oídos de Ellyn.
La realidad parecía diluirse frente a sus ojos, como si no pudiera aceptar lo que estaba ocurriendo.
—¿Qué…? —balbuceó, con el rostro descompuesto, mirando a su empleada—. ¿Qué estás diciendo? ¡Eso no es verdad! ¡Yo no la toqué!
La mujer sostuvo su mirada con frialdad, sin titubear.
—La vi con mis propios ojos —afirmó, como si hubiese ensayado cada palabra—. Usted empujó a la señorita Samantha. La lanzó por la barandilla