Los días que siguieron fueron un verdadero tormento para Federico Durance.
No dormía, no comía, no pensaba en otra cosa más que en ella.
Su mente era una espiral incontrolable de culpa, dolor y angustia.
Tenía a decenas de personas buscando cualquier pista, cualquier huella, cualquier testimonio que les dijera dónde estaba Ellyn Rezza. Pero nada. Silencio. Ausencia. Como si se hubiera desvanecido en el aire.
Mientras tanto, los expertos forenses continuaban con los últimos análisis del automóvil