Cualquiera hubiera pensado que una mujer casada, que ama a su esposo, o que por lo menos le tiene un poco de cariño, hubiera saltado sobre su cuerpo, llorando, abrazándolo, pidiendo que abriera los ojos.
Pero Mercedes no lo hizo, aunque si se veía furiosa, con su rostro rojo y el gesto más endurecido que de costumbre, Carmen se sorprendió de tener a la señora interrogándola en vez de estar ayudando a su esposo.
— Yo… No, no lo sé… — Comenzó a tartamudear Carmen, levantando la vista, aturdida.