La noche se deslizaba como tinta negra sobre la mansión Costa. Valeria permanecía junto a la ventana de la habitación, observando el jardín sumido en sombras. Las palabras de advertencia que había recibido esa tarde resonaban en su mente como un eco persistente: "Ten cuidado con quién confías. Hay ojos que no ves."
El mensaje anónimo había llegado a su teléfono desde un número desconocido. En cualquier otro momento lo habría descartado como una broma de mal gusto, pero ahora, con todo lo que ha