La noche había caído sobre la mansión Costa como un manto de terciopelo negro. Valeria observaba desde la ventana del dormitorio principal cómo las luces del jardín proyectaban sombras inquietantes entre los arbustos. Algo en el ambiente se sentía diferente, como si el aire mismo contuviera una advertencia silenciosa.
Enzo terminaba una llamada en su despacho cuando el primer disparo rompió la quietud nocturna. El cristal blindado de la ventana principal se agrietó, pero no cedió. En cuestión d