El viernes amaneció con una quietud siniestra que parecía presagiar desgracias. Valeria se despertó en el sofá del apartamento de Enzo, con el cuerpo entumecido y una sensación de pesadez que no tenía nada que ver con la posición incómoda en la que había dormido. Los eventos del día anterior se agolpaban en su mente como fragmentos de una pesadilla que se negaba a desvanecerse con la luz del amanecer.
Enzo ya estaba despierto, sentado en el borde de la cama con el teléfono en las manos y una exp