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La fotografía llegó como un puñetazo directo al estómago. Valeria sostuvo el teléfono con manos temblorosas, observando la imagen que Bianca había enviado apenas una hora después del amanecer. Isabella Montenegro estaba atada a una silla metálica, los ojos vendados con una tela negra que contrastaba brutalmente con la palidez enfermiza de su rostro. Las marcas en sus brazos habían empeorado durante la noche, moretones frescos que se extendían como manchas de tinta sobre su piel.

—Dios mío —murmu
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