El miércoles llegó cargado de una tensión que se podía cortar con cuchillo. Valeria había pasado la noche en vela, el teléfono junto a su almohada como si fuera un talismán capaz de traer noticias de Gabriel. Cuando finalmente sonó a las siete de la mañana, el corazón se le disparó contra las costillas.
—¿Dígame? —contestó con voz ronca.
—Tienes veinticuatro horas —la voz distorsionada sonaba mecánica, inhumana—. Almacén diecisiete, polígono industrial de Vallecas. Ven sola o tu amigo no volverá