El almacén diecisiete se alzaba ante ellos como una tumba de metal oxidado bajo la luz plomiza del atardecer madrileño. Valeria sintió que el aire se volvía denso en sus pulmones mientras observaba la estructura desde el asiento del copiloto. Enzo había estacionado el coche a cincuenta metros de distancia, lo suficientemente cerca para tener una visual clara pero lejos de cualquier línea de fuego potencial.
—Llegamos temprano —murmuró él, verificando la hora en su reloj—. Faltan doce minutos.
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